21 de mayo de 2017

Relato: Traición

   Una gota carmesí se deslizó por el filo de la espada hasta precipitarse aterrorizada desde la punta. La mano que empuñaba el arma mantenía un agarre firme pero relajado. Arleya había hecho aquello mil veces. A sus pies yacía partida en dos una criatura que distaba mucho de ser humana.
—¿Qué te ha traído hasta aquí? —preguntó en alto, aunque sabía que no le iba a responder. Se agachó para examinarla de cerca y un mechón castaño se dejó caer delante de su ojo derecho—. No pareces estar marcada —observó, moviéndole la cabeza hacia un lado para ver la zona de la yugular.
«Mierda». Aquella no era la criatura que estaba buscando. No se arrepentía de haberla quitado de la circulación, pero odiaba cometer errores. Limpió el filo de la espada con cuidado, y la enfundó en la vaina que colgaba de la cadera derecha. Arleya resopló, cansada. «Otra noche de vacío».


*

   El local estaba lleno aquella noche. Aun así, consiguió hacerse un hueco en la barra, no sin dar codazos aquí y allá. Necesitaba una copa urgentemente.
   —Se te ha vuelto a escapar, ¿verdad? —comentó Simone mientras le servía la copa.
   —Como todas las noches —contestó Arleya, brindándole la copa a su amiga—. Oye, ¿por qué tienes el local lleno?
   Simone entrecerró los ojos ante aquella pregunta.
   —El resto de locales están cerrados, incluyendo los «vuestros» —enfatizó—. La Poza es el único que queda abierto en esta zona de la ciudad.
   —Eso es bueno para ti, ¿no? —preguntó Arleya.
   —Si consideras bueno tener en un mismo local a humanos y mamunas, por ejemplo. Llevo toda la noche con la sensación de que esto no va a acabar bien.
   —Te preocupas demasiado. Siempre tienes sobrenaturales y humanos juntos y nunca ha pasado nada —dijo Arleya, tratando de tranquilizarla.
   Simone le guiñó un ojo y se fue a atender una mesa desde la que la llamaban, mientras, Arleya apuró su copa. Tenía que pensar cuál sería su próximo movimiento, aquella criatura ya llevaba demasiadas noches suelta por ciudad y su rastro de muerte comenzaba a llamar la atención de los humanos.
   —¿Y Sharifa? —le preguntó Simone, sacándole de su ensimismamiento.
   —La dejé en casa, estaba cansada —respondió Arleya con una sonrisa.
   —Es una espada, no tiene vida propia. No puede estar cansada.
   Arleya miró a su amiga como si hubiera dicho algo horrible, de pronto se echaron a reír. Después de la noche que había pasado, necesitaba aquello.
   —¿Tienes alguna idea de dónde encontrarla? —preguntó Simone, ahora que el local parecía comenzar a vaciarse.
   —Hay avistamientos aquí y allá de un «oso» —dijo, haciendo comillas con las manos—. Conociendo a los humanos, bien podría ser un oso de verdad y hacerme perder otra noche.
   —Y te van a hacer perder otra noche.
   —Y me van a hacer perder otra noche —repitió. Sabía que por improbable que fuera no podía dejar a la criatura suelta—. Anda, ponme otra —pidió, alzando el vaso vacío.

*

   Llevaba varias horas recorriendo la ciudad saltando de tejado en tejado cuando sintió la inquietud de Sharifa al rozar su guardamanos. La criatura estaba cerca. Arleya cerró los ojos y se concentró en los ruidos de su alrededor tratando de filtrar aquellos que no pertenecían a su presa. Poco a poco fueron desapareciendo los motores de los coches, el leve zumbido de la luz de las farolas, las conversaciones animadas durante la cena… Tan sólo quedó una respiración agitada que se alejaba rápidamente de ella. «Debo darme prisa».
   Sus botas resonaban contra el pavimento de las azoteas con cada aterrizaje. Sharifa estaba cada vez más inquieta. Aunque no le gustaba sentirla así, debía continuar por una buena causa, ambas lo sabían. Entonces la vio, estaba dos edificios por delante de ella. «¿Cómo pudimos confundirla la otra noche?». Sí, su cuerpo estaba recubierto de escamas, pero era mucho más corpulenta que la otra criatura. Mientras que la otra tenía la cabeza antropomorfa, la de esta parecía la de un cocodrilo. Un cocodrilo enorme, eso sí.
   Arleya apretó el paso para darle caza. Dejó que la magia llenase todo su cuerpo, sintiéndose más ligera y veloz. Cuando estaba a punto de alcanzar a su presa, esta se giró hacia ella y… ¿sonrió? Antes de desaparecer. Por eso nunca la encontraba: era practicante.
—¡Joder! —gritó, soltando toda su rabia.

Ilustración de Meritxell Abad.

   —… y desapareció. El lagarto es un puñetero practicante, Simone —dijo Arleya, airada.
   —Eso sí que es un problema —contestó al tiempo que llenaba un vaso con licor—. ¿Y puedes encontrarle de nuevo?
   —Ahora que sé que es practicante puedo intentar seguir su rastro mágico, pero siendo capaz de viajar, no será sencillo. —Dejó que su barbilla reposara sobre sus manos entrelazadas, mientras que buscaba la respuesta en el líquido color miel de su vaso.
   De pronto la puerta del local se abrió, rompiendo la calma que hasta entonces reinaba. Arleya se giró al instante y se encontró con un hombre alto de hombros anchos. Sus ojos eran completamente opacos, pero no por ello menos amenazadores.
   —Genial —espetó Arleya en voz baja.
   El hombre avanzó hasta sentarse junto a ella.
   —Se te acaba el tiempo, Arleya. —Tenía una voz rasgada, casi gutural.
   —Ya lo sé, no me dices nada nuevo, Eriko. ¿Sabías que la criatura era un practicante?
   —No, pero lo sospechaba. Sólo así se explica que no podamos seguirle el rastro. ¿Por qué crees que te hemos contratado?
   —¿Por mi tarifa tirada de precio?
   Eriko sonrió ante aquel comentario.
   —Diez víctimas —comenzó a decir Eriko—, y sólo han pasado dos semanas. El Consejo está empezado a moverse tras el último asesinato.
   —Pensaba que los humanos les dábamos igual, ¿qué ha cambiado? —preguntó Simone, intrigada por una conversación que quizá no debería de estar oyendo.
   Eriko la miró como si fuera la primera vez que la veía desde que había entrado.
   —A ver si lo adivino, ¿ha muerto uno de los nuestros? —preguntó Arleya.
   —La última víctima era un sobrenatural, sí —confirmó Eriko. Estaba serio como nunca ambas lo habían visto.
   —¿Tenéis idea del motivo del cambio de tendencia o esperas que ella os haga todo el trabajo?
Arleya sonrió al ver el ceño fruncido de Simone. Con su carácter jovial, era muy difícil verla así.
   —Simone, sabes de sobra que contraté a Arleya para solucionar esto en vista de que el Consejo no quería moverse —le indicó que le sirviera una copa—. No quería que se llegara a este punto. Soy de los pocos dentro del Consejo que se preocupa la seguridad de los humanos, pero tengo las manos atadas.
   —No te hubiera matado decirme que pensabas que podía ser un practicante —espetó Arleya.
   —Estaba esperando a poder asegurarme, no eres la única cazadora detrás de la criatura.
   —¿Has contratado a Nadia?
   —No, sé que no os lleváis bien. Contraté a Amira.
   —Al menos tienes buen gusto —concedió Arleya. Ella y Amira estaban bastante unidas, a pesar de la competitividad que había dentro de la Hermandad—. Y dime, ¿qué te ha contado de nuevo?
   —Poca cosa. Dice que parece seleccionar los objetivos y que no trabaja sola.
   —Eso ya lo sé, no hago más que matar a la criatura equivocada. ¿Sabes qué tenían las víctimas en común?
   —Ni idea —confesó Eriko, frunciendo el ceño—. Amira está en ello.
   —A ver si lo he entendido —comenzó a decir Simone—. ¿Has venido sólo a meterle prisa?
   Eriko se encogió de hombros. Ver que Simone, con lo bajita que era, provocaba esa reacción en aquel hombretón le divertía. Arleya siguió observando entretenida cómo los dos discutían.
   —Igual si los del Consejo hicierais vuestro trabajo, ella no pasaría las noches tratando de cazar al asesino —le reprochó Simone.
   —Por desgracia su trabajo sólo es tapar la existencia de sobrenaturales, por eso sudan de los humanos —explicó Arleya.
   —Ya… pero no es justo.
   —No dije que lo fuera. Aunque creo que no debería ser así, somos una comunidad, por el amor de la diosa.
   —Me tengo que ir —dijo Eriko de pronto.
   —¿Así, sin más? Menudos huevos tienes —le espetó Arleya—. Vamos que has venido sólo a meterme prisa y ya. Pues hala, vete por donde has venido. —Acompañó la frase con un movimiento de la mano.
   Eriko se despidió con leve movimiento de cabeza y abandonó el local. Simone se sirvió una copa y, después de bebérsela de un trago, dijo:
   —Te juro que un día le romperé una jarra en la cabeza.
Arleya rio hasta que le dolió el abdomen y apenas pudo ver por las lágrimas.

*

   «Anoche  fue encontrado en las inmediaciones del Parque de la Luna el cuerpo sin vida de Eriko Amades, querido ciudadano y miembro del Alto Consejo. Era conocido por defender los derechos de los humanos y la necesidad de protegerles para…» 
   Simone apagó el codificador al ver la cara pálida de Arleya y las noticias humanas llenaron el hueco de las sobrenaturales. Sus ojos castaños reflejaban un mar de emociones que su rostro no era capaz de manifestar. Un mechón rebelde se deslizó hasta ir a parar delante de su ojo derecho. Arleya no se movió, ni siquiera cuando Simone se lo apartó.
   —Vuelve a poner la radio —pidió Arleya con un leve hilo de voz.
«… segundo consejero que es encontrado sin vida este mes. Fuentes policiales apuntan a posibles represalias humanas contra el Alto Consejo por no haber tomado medidas contra el asesino que lleva actuando en la ciudad desde hace unas semanas. La consejera Mina Barutta, ha declarado que “el Alto Consejo no permitirá ninguna brutalidad como esta”.
En otro orden de cosas, anoche ganó el Deportivo dos a uno frente al… » 
   Simone apagó de nuevo el codificador.
   —Lo siento, Arleya.
   —Ha sido esa cerda de Barutta —afirmó. En sus ojos castaños brillaba la ira. Una ira peligrosa—. ¿Sabes quién fue el otro consejero? —preguntó, sin dejar que Simone la interrumpiera.
   —Masao algo, no recuerdo el apellido. ¿Por qué lo preguntas?
   —Porque Eriko y Masao eran los únicos en el Consejo que se preocupaban por vosotros. ¿No es demasiado conveniente que ambos estén muertos? —preguntó Arleya, más para ella misma que para Simone—. Necesito un poco de aire.
   Arleya no añadió nada más antes de salir del local. Era un día frío y el cielo ya anunciaba con sus luces naranjas la puesta de sol. Suspiró. Sacó el móvil del bolsillo del pantalón y buscó el número de Amira. Arleya había tenido una idea. Una muy mala idea.
   —¡Arleya! He oído en la radio lo de Eriko ¿Cómo estás?
   Escuchar la voz de Amira la reconfortó de alguna manera.
   —No lo sé, ¿triste? Las emociones no son lo mío.
   —¿Me has llamado para que nos veamos? —preguntó Amira.
   —Sí, más o menos, hay cosas que no puedo hablar con Simone, no lo entendería.
   —¿Nos vemos donde siempre? —Su voz sonaba alegre.
   —¿Dónde si no?
   Oyó la risa de Amira antes de colgar, lo que provocó que sonriese como una boba.

   Estaba nerviosa, aunque no estaba segura si era por la locura que iba a cometer o porque llevaba meses sin ver a Amira. Se paseaba de lado a lado de aquella azotea, siendo sus botas contra las piedrecitas que pavimentaban el suelo lo único que llenaba el silencio de la noche. La luna estaba enorme, pero se veía sola en un cielo negro sin apenas estrellas.
   —¿Dónde estás? —preguntó en alto tras su enésimo paseo.
   Dio una patada al aire y decenas de piedrecitas saltaron hasta volver a perderse con varios chasquidos. Desenfundó un cuchillo y lo lanzó hacia arriba para volver a recogerlo cuando cayó, después comenzó a repetir aquel ejercicio mientras paseaba. El arma siempre aterrizaba perfectamente en su mano.
   La puerta que conducía al interior del edificio se abrió y emergió una figura humana encapuchada. Cuando echó atrás la capucha, descubrió un rostro femenino, pero que no era para nada humano. Su piel era azul y tenía dos enormes ojos negros sin pupilas. En lugar de pelo, había tres protuberancias parecidas a tentáculos sin ventosas que nacían a la altura de su frente y se extendían hasta perderse tras su cabeza.
   Arleya sonrió al ver a Amira, que le devolvió la sonrisa. Ambas recorrieron la distancia que las separaba y se fundieron en un abrazo.
   —Ha pasado mucho tiempo —dijo Amira contra su pecho.
   —Sí… —respondió Arleya con un tenue hilo de voz.
   —¿Ha pasado algo más? —preguntó Amira, tras separarse de ella. Sus ojos brillaban preocupados.
   —Bueno… —comenzó a decir, estirando la palabra—. Creo que sé quién ha sido y esperaba que pudieras ayudarme con ello.
   —¿«Ayudarte con ello»? Por qué será que tengo la sensación de que no me va a gustar. —Amira dio un paso atrás para verla mejor y suspiró—. ¿Qué necesitas?
   —Tu ayuda, yo sola no voy a poder con Barutta.
   —¿En serio piensas que ella lo ha matado? Admito que no se llevaba bien con Eriko, pero de ahí a matarlo… No sé —caviló Amira, con los brazos cruzados y la frente fruncida.
   —Me lo dice el instinto, ella trama algo y quizá Eriko y Masao lo descubrieron. Me parece demasiada casualidad que asesinen a sus dos rivales políticos.
   Amira la miraba con preocupación. Arleya era capaz de sentir sus dudas como si fuera capaz de verlas físicamente.
   —Sólo necesito hablar con ella para saberlo. Si consiguiera tocar su mano…
Amira suspiró con resignación.
   —Te voy a ayudar, pero debes prometerme que no vas a hacer nada estúpido. —Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta—. Déjame que llame a alguien para que me cubra esta noche.

   Para una Hermana era fácil encontrar a aquellos que no querían ser encontrados, mucho más si su dirección figuraba en un fichero de una base de datos. Una llamada fue todo lo que necesitaron para saber dónde vivía Mina Barutta. Donde Arleya pretendía encontrar una casa tranquila, encontró cristales rotos y arañazos por todas partes. Ambas se miraron, sabían que lo peor tenía que estar dentro.
   —Sangre —dijo Arleya, olfateando el aire—. Y magia —añadió.
   —Alguien la ha atacado también a ella.
   —O alguien ha ido a vengarse.
   —Arleya… —Amira la miró con reproche.
   La puerta de la entrada estaba destrozada. Fuera lo que fuese lo que había ocurrido, al estar tan a las afueras de la ciudad nadie habría visto nada. La entrada daba a un recibidor amplio que se extendía hacia el fondo como si fuera un pasillo. Había una puerta a cada lado. Arleya, con la mano en torno a la empuñadura de Sharifa, se adentró en la puerta de la derecha, que daba a un salón. Las paredes tenían arañazos y los muebles estaban destrozados. La oscuridad no ayudaba en absoluto, escondiendo recovecos del salón. Arleya siguió el olor de la sangre hasta una esquina de la habitación, totalmente oscura, pero a diferencia de Amira, ella sí que podía ver, una de las pocas cosas buenas que había heredado de su madre.
   —Aquí.
   Apartó un par de baldas de una estantería y encontró una cola de reptil cubierta de sangre.
   —Huele como la criatura —afirmó.
   —¿Nuestra criatura?
   —La misma.
   —Mina se ha debido de defender de ella y herirla —supuso Amira—. ¿Puedes seguir el rastro?
   —Creo que sí —contestó, mientras olfateaba el entorno.
   El olor subía hasta la planta superior. Hacia la mitad de esta, había un enorme agujero.
   —Cuidado —avisó Arleya.
   Arleya miró por el agujero y pudo ver a la criatura. Amira siguió a Arleya mientras esta desandaba el camino y la conducía hasta debajo de la escalera. La criatura respiraba de forma entrecortada y tenía un madero atravesado en el costado derecho. El olor de la sangre se iba intensificando a medida que la vida escapaba de ella.
   —¿Ocultando tu olor? —preguntó Arleya con cierta burla.
   La criatura la miró con sus ojos de cocodrilo. Había ira en ellos cuando hizo amago de moverse, pero Amira la detuvo.
   —Tienes el costado atravesado y has perdido mucha sangre, yo que tú me quedaría quietecita. ¿Dónde está Mina Barutta?
   Un leve gruñido fue todo lo que recibió como respuesta. Ambas sabían que así no iba a responder. Amira le puso una mano sobre la herida y la sangre que la rodeaba comenzó a hervir.
   —¿Qué crees que pasará cuando haga lo mismo dentro de tu cuerpo? —Amira sonrió mostrando unos dientes redondos como los de los delfines. Su sonrisa cobró un cariz tétrico cuando Arleya invocó una luz de mago.
   Tras un breve momento de reticencia, la criatura cambió de forma, adoptando la de una mujer en sus treinta.
   —A ti te conozco —dijo Arleya entrecerrando los ojos—. Estoy segura de que te he visto por el local de Simone.
   —Soy mercenaria y ese lugar es tan bueno como cualquier otro —contestó, aquejándose del dolor del costado.
   —¿Por qué los mataste? —preguntó Amira.
   —¿Qué parte de «soy mercenaria» no has entendido? —respondió—. Me dan un encargo y yo lo cumplo. Igual que vosotras.
   Arleya escupió al suelo.
   —No eres como nosotras, las Hermanas protegemos a los humanos de monstruos como tú.
   —Tiene gracia que digas eso. Abandoné la Hermandad porque no pensaba matar sobrenaturales. ¡Que les jodan a los humanos!
   Arleya le soltó un puñetazo. Aquello la hizo sentirse mejor, aunque Arleya le tenía muchas más ganas que un golpe solo podía calmar.
   —Dices eso pero has intentado matar a Barutta —observó Amira.
   —En realidad ha sido en defensa propia, esa cerda ha intentado silenciarme. ¿Queréis acabar con ella? Me apunto, pero si esperáis que deje que se escape, vais listas.
   —Aún no hemos acabado contigo —dijo Amira. Miró a Arleya, que apretaba los puños tratando de contener su rabia, y añadió—: Tienes una lista nada desdeñable de asesinatos detrás de ti. ¿Acaso crees que te vamos a dejar marchar? No, tú no vas a ir a ninguna parte.
   Los ojos de Amira brillaron completamente azules, llenos de magia. Unas cadenas de luz azul salieron de su cuerpo y se amarraron al de la mercenaria, encadenándola al suelo. Después, los ojos de Amira recuperaron su sobria negritud habitual.
   —Tengo que hacer una llamada para que la recojan —dijo Amira sacando el móvil.
   —Tienes mucha suerte de que no esté sola —amenazó Arleya antes de que Amira regresara.

*

   —¿Tienes idea de a dónde nos dirigimos? —preguntó Arleya, que estaba siguiendo a Amira ciegamente.
   —Sí, Eli me mandó un mensaje hace un rato, algunos consejeros han confesado haber ayudado a Mina Barutta con su plan.
   —Te lo dije —celebró Arleya con una sonrisa.
   —Lo que sea. —Hizo un gesto con la mano—. Parece que querían provocar una guerra contra los humanos y Eriko y Masao trataban de entregarles. El resto ya lo sabes —dijo Amira.
   —Aún no me has respondido, ¿a dónde vamos?
   —Aquí. —Amira se detuvo ante una escotilla en mitad del bosque que había a las afueras de la ciudad—. ¿Haces los honores?
   Arleya puso una mano sobre la superficie metálica de la escotilla y dejó que la magia fluyera desde su cuerpo hasta penetrar en esta. El metal comenzó a aboyarse hasta plegarse como si fuera un libro. Arleya apartó la mano y la tapa cayó al interior devolviendo un sonido metálico a los pocos segundos.
   En el interior no encontraron más que pasillos oscuros y vacíos salpicados ocasionalmente con alguna que otra habitación amueblada, pero ni rastro de Mina. La consejera se había escapado a la primera oportunidad.
   —Mierda —maldijo Arleya, después de haber explorado cada rincón del búnker.
   —No es tonta, sabía que la acabaríamos buscando aquí —comentó Amira.

*

   —¿Qué haréis ahora? —preguntó Simone, mirando con curiosidad a Amira. Llevaba la capucha puesta, por lo que el encantamiento de la misma la hacía pasar por humana.
   —Supongo que volver a nuestros encargos y dejar que la guardia del Consejo se ocupe de ello. Poco más podemos hacer —respondió Arleya, encogiéndose de hombros.
   —Deberíais plantaros ante el consejo y tomar las riendas de la caza —protestó Simone.
   —No podemos hacerlo —intervino Amira clavando sus falsos ojos azules en los verdes la tabernera—. Las Hermanas no podemos ejercer de autoridad sin un contrato por parte del Consejo.
   —¡Pero lo tenéis!
   Arleya miró al fondo de su vaso, suspiró y contestó:
   —No, nos contrataron para acabar con los asesinatos que la criatura —recalcó— estaba llevando a cabo, descubrir el complot sólo ha sido un plus para nosotras.
   —¿Nada más? Menuda mierda. No os valoran.
   —No tienes ni idea, Simone, ni idea.

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Cuervo Fúnebre: Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

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