14 de diciembre de 2016

Relato: Cómo matar a un Sith

3628 años antes de la Batalla de Yavin, Dromund Kaas (Territorios del Borde Exterior).


   La luz azul del hiperespacio iluminaba los rostros ya de por sí azules de las dos chiss que ocupaban el asiento de piloto y copiloto. Dazh estaba sentada en el asiento del copiloto con la mirada absorta en la inmensidad azul, como si fuera capaz de desentrañar algún secreto oculto en ella. En cambio, Gheera, tenía los pies sobre los mandos. Estaba entretenida limpiando una de sus pistolas, a las que trataba como auténticos tesoros, a pesar de ser modelos antiguos. Junto a la silla descansaba un casco genérico con el visor en «T» mandaloriano modificado.
   —¿Qué ha hecho que la gran maestra Ranos se una a la Alianza de Odessen? —preguntó Gheera a su hermana mayor con obvio resentimiento. No la miró en ningún momento.
   Dazh sí se volvió hacia ella. Conocía de sobra ese juego al que trataba de arrastrarla y no pensaba caer en él, de nuevo.
   —Dejé la Orden hace mucho tiempo, mucho antes de la llegada del Imperio Eterno. Lo sabes de sobra. 
   —Me abandonaste siendo una niña en favor de unos completos desconocidos con túnica y ahora, tras casi veinte años, apareces como si tuvieras algo que ofrecer. La Alianza no te necesitó para derrotar a Valkorion y a su prole —Gheera hizo una pausa y continuó, mordaz—: ni yo tampoco.
   Dazh no respondió. No la había abandonado a su suerte, no al menos de forma intencionada. Los Jedi no cumplieron con su promesa de ocuparse de Gheera a pesar de que no era sensible a la Fuerza como ella. Las palabras de su hermana le dolieron, pero quizá ahora estuviera ante la oportunidad de compensarla. Aquella misión podía ser un nuevo comienzo para ellas, el inicio de su nueva relación.

***

   La Ascendencia regresó a velocidad sublumínica y Dromund Kaas se manifestó frente a ellas. Desde el espacio se podía apreciar todo su verdor, por lo que nadie habría pensado que fuera la actual capital del Nuevo Imperio Sith. Gheera había estado cientos de veces en sus junglas y en su capital de azabache compartiendo disparos y anécdotas con sus compañeros de armas en el Enclave Mandaloriano. Ahora muchos de ellos estaban muertos y sólo un puñado había sobrevivido a la guerra. La última persona en la que había confiado sus espaldas había terminado con el cuello roto frente al Comandante Kasdan durante la segunda batalla de Odessen. Estaba cansada de encadenar guerra tras guerra y ver cómo aquellos en los que confiaba iban desapareciendo de su lado. 
   A pesar de lo conocido que le era el Imperio, la mano de la Emperadora Acina estaba presente en cada rincón de Dromund Kaas. Desde la política hasta la forma de relacionarse con los extranjeros. ¡Incluso le había devuelto el Templo Jedi de Coruscant a la Orden!
   —«Gheera, el Sol Negro ya está preparado». —Además de la voz grave de Skadge, se podían escuchar sonidos de disparos y pequeñas explosiones por detrás.
   —Skadge, ¿habéis empezado sin mí? 
   —«Por supuesto, o te das prisa o para cuando lleves tu culo aquí se habrá acabado la fiesta».
   La conexión terminó. Maldita sea, ella quería estar allí. Sabía que Skadge no sería capaz de esperarla, siempre había sido una impaciente montaña de músculo con sed de sangre. Necesitaba aplastar cabezas con sus manos como el respirar.
   —¿El Sol Negro? —preguntó Dazh, como esperando que ella le dijera que sólo compartía el nombre con la banda criminal que dominaba los bajos fondos de Nar Shadaa, Coruscant y Zakuul. 
   —¿No lo sabías? —Sonrió—. El Sol Negro lleva formando parte de la Alianza casi desde su formación. Ellos nos prestaban sus fuerzas y nosotros financiábamos sus escaramuzas en Zakuul. Todo beneficio.
   Saboreó el gesto de desaprobación de su hermana al oír aquello. El silencio se apoderó de la cabina como si no hubiera nadie más en la nave cuando, a decir verdad, Blizz, el jawa que llevaba años siendo parte de la tripulación de la Ascendencia estaba en el piso inferior haciendo preparativos. 
   Entonces tomaron tierra, lejos de Ciudad Kaas, no querían llamar la atención de la gente equivocada. La lluvia repiqueteaba inclemente contra los cristales y la furia de los truenos inundaron la cabina en cuanto los motores se apagaron. «Hogar dulce hogar», pensó. Probablemente los mejores momentos de su vida ocurrieron en aquella jungla. Recordaba cómo había destrozado ella sola a todo un campamento de mandalorianos sólo para mostrarles cómo el Imperio pagaba a los traidores: con fuego y sangre.

   —Dazh, ponte esto —ordenó Gheera, dándole unas ropas sencillas marrón oscuro y una coraza de acero mandaloriano. Después, le entregó un sable de luz, que había sido modificado para que pudiera desmontarse, y un bláster—. Usa el sable de Yuun como último recurso, no te quiero llamando la atención.
   —Si el Imperio Eterno no fue capaz de encontrarme, dudo que ahora vaya a cometer un error de principiante —contestó, tratando de responder a su pulla.
   —También intenta no huir del conflicto —espetó Gheera antes de ponerse el casco—. Andando —indicó con la voz metálica.
   Gheera había fabricado su armadura con piezas sueltas de diferentes mandalorianos y otros cazarrecompensas de forma que eran todas piezas desiguales.
   —El templo no está lejos —afirmó mientras bajaban la rampa. 
   Los truenos ensordecían cualquier ruido que pudiera rodearlas, como si fuera un campo de batalla.
Las proximidades del templo Sith estaban plagados de cadáveres vestidos con uniformes imperiales de hace casi veinte años. Dazh apartó la mirada, no sentía espanto, pero tampoco pensaba disfrutar de aquella vista.
   —Llegas tarde —dijo Skadge, ignorando por completo a Dazh. Vestía una armadura negra con el símbolo del Sol Negro en blanco en el centro del pecho. El enorme houk estaba apoyado en su vibroespada como si esta no fuera más que un simple bastón—. Puede que quede alguien vivo dentro.
   —¿Puede? —intervino Dazh.
   Skadge entrecerró los ojos y volvió a ignorarla para dirigirse a Gheera.
   —¿Quién es esta «pielazul»? 
   —Mi hermana mayor. 
   —Pues que no estorbe —dijo tajante y se encaminó hacia las largas escaleras medio derruidas que conducían al patio de entrada al templo. 
   Dazh no replicó, no tenía caso. 
   El templo tenía una forma casi piramidal, en cierta manera similar a los antiguos templos Sith que ella había visitado en Yavin IV, pero la sensación fue muy distinta al entrar. Sintió frío, un helor que se adhería a sus huesos como una segunda piel, que penetraba en su ser, algo intangible, pero al mismo tiempo sólido, oscuro… perverso. Sabía qué era lo que la inquietaba de esa forma, pero no quería ni pensar en ello, sabía que debía mantenerse concentrada si quería evitar unirse a las filas de los poseídos que allí pululaban consumidos por esa fuerza.
    —Skadge, vosotros buscad la reliquia en las cámaras inferiores y recuerda: no escuches a las voces. Nosotras iremos arriba.
   —Nadie le dice a Skadge lo que debe hacer, ni siquiera unas voces —respondió.
  Dazh vio por vez primera a su hermana reír. Sin comentar nada subió al piso superior con ella. Los poseídos que pululaban por el templo tenían los ojos en blanco y parecían obviar su presencia. Caminaban sin dirección y murmuraban frases inconexas apenas audibles. Pero lo más aterrador eran las voces que trataban de apoderarse de ella. Jedi… no perteneces aquí… Huye. Las voces eran todas distintas unas de otras. Había oído que pertenecían a antiguos Sith que murieron entre sus paredes y ahora tratan de apoderarse de los cuerpos de los imperiales y saqueadores de tumbas que se aventuraban a su interior. La atmósfera resultaba asfixiante, como si llevara una losa a la espalda.
   Gheera se detuvo de pronto, con un gesto señaló a la figura vestida con ropas negras que ocultaba su rostro tras una máscara sin facciones. Era un hombre que meditaba apaciblemente en medio de todo aquel caos. Dazh supo al instante que ese era su objetivo, el Sith que buscaban. Aquella figura se puso en pie, desvelando un hombre alto y fuerte. 
   —Sé que mi maestro os ha mandado para matarme, pero hoy no será el día —afirmó con el sable en la mano antes de encenderlo y dejar que su siseo inundase la acústica del piso.
   Gheera no esperó a que respondiese y disparó con ambos blásters en una ráfaga continua que el Sith desvió sin mayor esfuerzo. Aprovechando la distracción, Dazh montó el sable y usó la Fuerza para impulsar su salto sobre el Sith. Este tuvo que apartarse para poder evitar el ataque combinado de ambas, pero en su retirada derribó uno de los pilares del templo y Dazh tuvo que detener su persecución. 
   —Eres un cobarde, Zranloz. ¡Pareces un Jedi! —gritó Gheera.
   —Lo atraparemos —afirmó Dazh.
   —Tiene un rastreador, no puede irse sin que le encontremos. 
   Ambas sonrieron con complicidad. Aquel pequeño gesto le dio nuevos ánimos a Dazh. 

***

   El rastreador las condujo al exterior del templo a través de un túnel que Gheera jamás había visto. Sabía que Zranloz conocía mucho mejor que ella los entresijos del templo, pero nunca se le había escapado una presa y esta no sería la primera. Aquella persecución estaba alimentando sus ganas de llenar el pecho del Sith de plasma… de mucho plasma. 
   Cuando salieron al exterior del templo, se encontraron con que el transporte de Zranloz había sido «desmantelado» por el Sol Negro y Skadge cortaba el paso al Sith. 
   —¿Esta escoria es tuya? —preguntó con lo más parecido a una sonrisa que su especie podía realizar.
   Antes de que ella abriera fuego, Dazh saltó sobre el Sith y los sables chocaron, violeta contra rojo. Gheera no quiso quedarse atrás y lanzó una de sus trampas de luz contra los pies de Zranloz consiguiendo evitar que se moviera. Después comenzó a dispararle, pero él detuvo sus disparos en el aire y con un simple movimiento de cabeza los proyectó contra Dazh, fallando algunos, otros fueron desviados por la propia Dazh, pero un par impactaron en su pecho, derribándola. 
   Hazlo. Lo estás deseando. Aplástalo. Gheera alzó la mano derecha y dejó que toda la rabia y la ira que sentía se concentrase en alrededor del cuello de Zranloz, alzándolo. El mundo se volvió de pronto silencioso y dejó de verlo, como si en ese espacio sólo estuvieran ellos dos. El Sith movía las piernas frenéticamente mientras se llevaba las manos al cuello, como si pudiera hacer algo para liberarse. Era poderoso, pero Gheera no había perdido el tiempo desde que descubrió que era sensible a la Fuerza. Rómpelo. Mátalo. Gheera escuchó a las voces y con un movimiento de la mano le partió el cuello. Entonces el mundo recuperó su voz y su color, como su saliera de un sueño, de un trance. Su corazón latía a mil mientras corría hacia Dazh, aunque sabía que el acero mandaloriano la protegería, sus visiones nunca se equivocaban. Nunca.

***
   
   Kasdan, ya en la soledad de la sala del trono, abrió el cofre maltrecho que Gheera y Skadge le habían entregado. En su interior había un sable de luz, una reliquia del Antiguo Imperio Sith, un trofeo. Aún podía sentir la esencia de su maestro en él. Al cogerlo recordó cuando mató a su maestro frente al Consejo Oscuro en Korriban. Aquel era un tesoro de su pasado que le recordaba quién había sido, de dónde venía y lo que había perdido por el camino. Su respiración metálica inundó la sala cuando volvió a dejar el sable en el cofre. 
   —Ojalá te pudras con Vitiate —pronunció antes de cerrar el cofre.

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Cuervo Fúnebre: Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

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