9 de marzo de 2016

Relato: Una segunda oportunidad

Por JJ Canvas 
3637 años antes de la Batalla de Yavin, Dromund Kaas (Territorios del Borde Exterior).

   —No te volveré a fallar, te lo juro, maestro –dijo Kanus Ordurons, arrodillado ante la Ira del Emperador: Darth Kasdan.
   El silencio que se hizo sólo se vio interrumpido por la respiración inconstante y metálica del sith. Sus ojos rojos como la sangre lo observaban desde la altura de su trono.
   —Defraudarme a mí es defraudar al Emperador y el fracaso se castiga con la muerte —dijo, antes de volver dejar otro silencio.
   La escasa iluminación de aquel complejo resaltaba el blanco de su piel. Era extraño que alguien que no fuera humano hubiera alcanzado un puesto tan alto en la jerarquía del Imperio Sith. No había nadie en toda la galaxia que no lo conociese, y de entre todos los sensibles a la Fuerza, el Emperador lo había escogido a él.
   —Quiero la cabeza de esa jedi antes de mi reunión con el Emperador.
   —Eso son sólo dos días —replicó, sabiendo que no serviría de nada.
   —No permitas que eso sea mi problema —sentenció.
   —No, maestro.
   Kanus hizo una reverencia y abandonó la sala. En su camino al exterior se encontró con la anterior aprendiz de su maestro: Jaesa; una humana como él, pero con el don de ver a través de las mentiras, de ver el verdadero ser de cada uno. Ella lo miró unos instantes y siguió su camino hacia la cámara del trono. Nunca habían cruzado palabra, pero sabía que a ella no le agradaba su presencia. Lo creía débil y tras haber dejado escapar a la jedi, su opinión sobre él no podía haber ido sino a peor.
   Ya en el exterior de la Ciudadela Imperial se sintió aliviado. La atmósfera que rodeaba siempre a su maestro resultaba asfixiante para alguien como él que no era ni de lejos tan poderoso en la Fuerza. Nunca había estado en la sala del Consejo Oscuro en Korriban, pero estaba seguro de que no sobreviviría. En vista de que, como era habitual, llovía sobre Ciudad Kaas, se puso la capucha de su chaqueta gris y se encaminó hacia el taxi.
   —Todo preparado para partir —informó el droide conductor.
   —Al espaciopuerto de la jungla.
   El droide no respondió, pero puso rumbo al lugar indicado. El taxi se elevó hasta la altura adecuada y comenzó a avanzar. Cuando abandonaron la plataforma de la Ciudadela, Kanus sacó la cabeza por el lateral del vehículo para mirar hacia abajo. Lo que encontró fue una caída colosal hacia los niveles inferiores de la ciudad. No tardaron en dejar atrás aquella jungla de metal y cristal para adentrarse en una llena de exuberante vegetación, mandalorianos y bestias salvajes. Aunque el planeta Dromund Kaas era la capital del Imperio Sith, nadie se había molestado en asegurar los caminos por lo que hacer aquel trayecto andando era un suicidio, al menos para él.
   El taxi se detuvo en una pequeña estación anexa al espaciopuerto.
   —Disfrute su estancia —pronunció el droide.
   —Mi estancia… —murmuró mientras bajaba del vehículo. Aquellos hojalatas apenas tenían tres frases programadas, aunque tampoco necesitaban mucho más para llevar a los pasajeros de aquí a allá.
   Para cuando entró en el edificio estaba calado por la lluvia. En el interior, por lo menos hacía una temperatura agradable.
   —«La lanzadera con destino Alderaan saldrá en menos de una hora. Se ruega a los pasajeros que acudan a la dársena 78» —comunicó una voz femenina por megafonía.
   Kanus se dirigió a la dársena 64, donde tenía estacionada su nave. Había sido un regalo de su maestro sí, pero sólo porque así podría moverse por la galaxia sin depender de nadie. Entró en ella y desde ese mismo instante comenzó a echar de menos el exterior de la nave. Estaba helada. Su primera acción fue encender todos los sistemas, que caldearon la nave con bastante rapidez. Antes de partir, decidió que lo mejor sería cambiarse. A falta de ropas grises, optó por el mismo estilo, pero en blanco. Su intención era engañar así a la jedi. ¿Qué sirviente del Lado Oscuro vestiría tan claro? A esto se sumaba que la nave era un carguero ligero bastante habitual entre los contrabandistas de la República, por lo que no llamaría la atención.

   Por fin seco, marcó el rumbo a Balmorra en el navegador. En ese planeta la República había impuesto su poder años atrás y la guerra se había reanudado tras el asesinato de Darth Lachris. Mientras por la escotilla frontal veía el inmenso azul del hiperespacio, trató de mentalizarse para la misión que tenía delante. Comenzó a andar de un lado a otro del pequeño cuarto de mando. En cada una de sus manos descansaba uno de sus sables de luz a los que hacía girar en torno al eje central de su mano abierta. El navegador pitó al salir del hiperespacio. Frente a él se encontraba aquella enorme bola de tierra y océanos tan parecida a su planeta natal. Sabía dónde encontrar a la jedi, sabía que no estaría sola, pero también sabía que no tenía otra opción.
   Dos soldados republicanos lo detuvieron al salir de la nave, interponiéndose al final de la rampa de bajada.
   —Identifíquese —ordenó uno de ellos, apuntándole con el rifle.
   —Soy Kanus Ordurons y he venido a matar a la jedi —pronunció, quitándose la capucha blanca.
   Antes de que los soldados pudieran dar la alarma, atrajo los sables de luz hasta las manos y les atravesó con su hoja roja.
   —Lo siento, pero prefiero que sea una sorpresa —dijo antes de continuar su camino.
   Antes de que pudiera acercarse al búnker vio acercarse a más soldados, que dieron la alarma antes de que pudiera evitarlo. Furioso alzó sus sables de luz encendidos usando la Fuerza y los proyectó hacia sus rivales acabando con ellos antes de que abriesen fuego.
   —Joder… —maldijo cuando sus sables regresaron a él.
   De pronto, la puerta del búnker se alzó y apareció ella, la jedi. La seguía una pequeña corte de soldados. Ella les ordenó con un gesto que no disparasen.
   —Kanus… —comenzó a decir, pero se detuvo—. No deberías de estar aquí.
   —La República no debería estar aquí en un primer lugar. ¡El planeta nos pertenece! —gritó apretando los sables en sus manos.
   —¿«Nos»? Ya hasta hablas como ellos…  ¿Qué te ha pasado, Kanus?
   —Nunca te ha importado ¿por qué ahora iba a ser distinto, Katooni? —increpó, mientras avanzaba hacia ella.
   Katooni volvió a detener a los soldados.
   —No, no será necesario —les dijo y se volvió hacia Kanus—. Sé a qué has venido, pero no tiene que ser así. El Consejo Jedi puede ayudarte —dijo, tendiéndole una mano.
   Kanus rio de forma ostentosa.
   —¿Ayudarme? No necesito ayuda de ningún jedi. —Encendió sus sables y usó la Fuerza para impulsar su salto sobre Katooni—. Sois débiles —afirmó frente a ella cuando esta detuvo su ataque con su sable verde en perpendicular.
   —No eres tú, el Lado Oscuro te ciega —replicó antes de empujarle usando la Fuerza.
   Los soldados de la República comenzaron a disparar, pero Kanus, furioso, devolvió todos los disparos devuelta a sus tiradores.
   —No, el Lado Oscuro me alimenta y me hace poderoso —gritó caminando hacia ella.
   —Te consume. Mírate, te domina la ira y ¿por qué? No eres más que un peón en esta guerra. Los sith te están usando en su juego.
   —Igual que a ti los jedi.
   —No, yo elegí defender a los que no se pueden defender. El Consejo Jedi sólo busca la paz —contestó con la misma calma que había mantenido desde el principio.
   Kanus corrió hacia ella y volvió a chocar contra su sable. Alzó uno de los suyos y arremetió contra ella obligándola a arrodillarse. Katooni resistió el envite volvió a empujarle, pero esta vez más lejos y con más fuerza, haciéndole rodar por el suelo.
   —No puedes vencer. El Imperio Sith acabará destruyéndose desde dentro —dijo mientras adoptaba una posición con el sable paralelo al cuerpo y sostenido con las dos manos—. Piensa en tu maestro ¿a cuántos sith ha matado para llegar a donde está? Todos saben que mató a su maestro a sangre fría delante del Consejo Oscuro. —Trató de hacerle entrar en razón.
   —Así funciona nuestra sociedad: mata o muere —aseveró Kanus, avanzando lentamente hacia ella.
   Katooni cerró los ojos y respiró hondo. Liberó una mano de la espada y la fue echando hacia atrás progresivamente mientras guiaba a la Fuerza hasta ella, para después empujarla contra Kanus, que hizo lo mismo para defenderse del ataque.
   —El Lado Oscuro me alimenta y fortalece mientras que tu equilibrio te limita.
   Kanus corrió hacia ella y comenzó a hostigarla realizando estocadas y fintas que la jedi repelía a duras penas. A más se cansaba ella, más poderoso se volvía él. En un movimiento inesperado, el joven sith cortó la mano de Katooni haciendo que el sable saliera despedido.
   —¿Tus últimas palabras? —concedió Kanus, poniendo ambos sables rojos en torno a su cuello.
   —Siempre te querré, hermano, hagas lo que hagas.
   Al oírla pronunciar aquellas palabras dudó. «Hermano», hacía años que nadie se lo decía y, aunque no lo sabía, lo había echado de menos.
   —«La paz es una mentira, sólo hay pasión. Con la pasión obtengo fuerza. Con la fuerza obtengo poder. Con el poder consigo victorias. Con las victorias mis cadenas se rompen. La Fuerza me liberará» —recitó en voz alta antes de terminar con la vida de Katooni, atravesando su pecho.
   Se dejó caer de rodillas y lloró sobre el cuerpo inerte de su hermana. Había cumplido la misión, pero ¿por qué no podía celebrarlo? ¿Por qué sentía que una parte de él había muerto con Katooni?
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Víctor de Amo: Cuervo Fúnebre en las redes. Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

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