6 de marzo de 2016

Relato: La elegida egoísta


   —«Algo que, sin embargo, era inevitable» —repitió poniendo una voz aguda, tratando de imitar así a la sacerdotisa.
   Clarissa estaba harta de aquella vieja que no hacía más que decirle lo que tenía que hacer. ¡Si ni siquiera quería estar allí!
   —Estúpida marca —gruñó, rascándose las tres estrellas negras que la marcaron como la elegida al aparecer en su muñeca—. «Salvarás al mundo del mal» —repitió, burlándose de la sacerdotisa—. ¿Qué voy a hacer con vosotras? —preguntó a las marcas, como si estas pudieran responderle.
   —Entréganos —respondieron.
   Aquello la cogió desprevenida, pero lo achacó a su imaginación.
   —Clarissa, entréganos —insistieron.
   —¿Me estáis hablando a mí? —preguntó, desconfiada, sin apartar la mirada de sus interlocutoras.
   No respondieron.

   Esa misma tarde tenía varias horas de clases de esgrima con uno de los guardias del templo. A pesar de que era la clase de actividad que otros de su misma edad adorarían, ella la detestaba. Sudaba y se cansaba, por no mencionar que siempre acababa dolorida, bien por los golpes de la espada de madera o bien por las caídas. Además aquel hombre le resultaba insufrible. Siempre hablaba más de la cuenta y nunca encontraba el momento de callarse.
   —Tienes que echar el peso hacia este lado. Así —indicó, haciendo una demostración.
   Ella le imitó sólo para evitar ser regañada de nuevo.
   —Bien, ya vas entendiéndolo.
   —¿Me puedo ir ya? Me espera la sacerdotisa para… para… no sé, alguna estupidez como esta —dijo al fin.
   —Clarissa, deberías de tomarte esto más en serio, de ti depende el futuro del mundo. —Le advirtió el hombre—. Has sido elegida para la grandeza. Serás una heroína y contarán cómo derrotaste al gran demonio.
   —Genial —replicó, sin ánimo ninguno.
   —¿Verdad? —dijo entusiasmado.
   «No me jodas que este infeliz admira a mi padre» pensó, malhumorada. Siempre creció con la carga de las proezas que su padre había llevado a cabo. Toda la aldea esperaba lo mismo de ella. Iba a ser la nueva elegida. Y cuando las tres estrellas negras aparecieron en su muñeca, comenzó su adiestramiento para prepararla para la gran batalla que decidiría el destino del mundo tal y como lo conocían.

   La sacerdotisa la estaba esperando en la biblioteca. Su rostro arrugado y cansado no invitaba a empezar la clase de historia antigua del reino de Allanon. Lo poco que recordaba de la clase anterior era que había sido fundado por druidas y que de estos sólo quedaban unos pocos desperdigados por el continente. Clarissa no comprendía para qué le iba a servir tantos datos contra un demonio, ¿acaso iba a aburrirlo con un discurso sobre la vida y obra de Nien Nunb el Gris?
   —Llegas tarde, jovencita —la reprendió, señalándola con el dedo.
   —Eso parece, pero no es culpa mía, sino de mi maestro de esgrima que insistió en practicar un rato más porque estaba sorprendido de mis progresos —contestó con descaro.
   —Si pusieras el mismo empeño en tus clases que en mentir… —dejó la frase colgada y se encaminó a la parte alta de la biblioteca.
   Clarissa la siguió hasta allí y se sentó en una de decenas de sillas que rodeaban aquella mesa cuadrada de roble. Antes de que la sacerdotisa pudiera comenzar, la joven preguntó:
   —¿Qué pasaría si no cumplo con la misión?
   —Que el mundo comenzaría a morir lentamente hasta desaparecer. —La anciana la miró con espanto sólo por haber tenido aquella ocurrencia en la mente.
   —¿Viviría para ver el fin del mundo? —insistió Clarissa.
   La sacerdotisa suspiró hastiada.
   —Probablemente no.
   —¿Y entonces por qué debería importarme?
   —No bromees con algo tan serio, jovencita. —La reprendió otra vez.
   Clarissa calló, pero ya sabía la respuesta.

   Cuando la clase acabó se dirigió a su dormitorio. Una habitación sencilla sin demasiado artificio. Era la elegida, sí, pero no era ninguna niña rica a la que hubiera que mimar. Se lanzó de espaldas sobre la cama y alzó la mano derecha para mirar las tres estrellas negras.
   —Sé que me habéis hablado. Volved a hacedlo.
   Durante unos instantes se hizo el silencio, pero entonces aquella voz volvió mucho más nítida que antes.
   —Entréganos. Nuestro señor espera que regresemos. 
   —Encantada. ¿Dónde tengo que ir? —preguntó, impaciente. Quería sacarse aquel estorbo cuanto antes.
   —En el bosque hay un lago; nuestro señor te espera allí.
   No perdió el tiempo y, sin coger nada para el camino, se escapó por la ventana. Esta daba a la pequeña arboleda que circundaba el complejo, por lo que no tuvo problema para escabullirse sin ser vista. Escalar el muro exterior tampoco le supuso un reto, pues aquella no era ni de lejos la primera vez que se escapaba de noche, sólo que ahora se disponía a hacer algo de lo que esperaba no arrepentirse nunca.
   El bosque no quedaba muy lejos del complejo, así apenas le llevó media hora llegar hasta allí.
   —¿Por dónde he de ir? —preguntó a las estrellas de su muñeca.
   —Sabrás llegar —respondieron.
   Y tenían razón. Como si hubiera estado allí miles de veces, sus pies la habían llevado hasta el lago. Junto a este había una figura encapuchada, alta y presumiblemente masculina. Vestía una capa oscura que caía hasta derramarse sobre la hierba como si fuera una cascada de brea. Sus hombros estaban coronados por unas hombreras de metal que le conferían un porte digno de un guerrero de leyenda.
   —No te esperaba tan pronto, Clarissa —dijo la figura con una voz grave que parecía llenar todo el claro.
   —¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres?
   La figura rio.
   —Todos sabemos tu nombre. Eres Clarissa, la hija del gran héroe que salvó al mundo. –Calló unos segundos y contestó a su segunda pregunta—: Quién sea no es importante. Sólo soy un mensajero.
   La figura se dio la vuelta y se echó atrás la capucha negra mostrando así un rostro pálido enmarcado por cabello largo y cano que caía hasta su pecho. Sus ojos lucían un azul arrebatador sin brillo alguno.
   —Toma —dijo Clarissa extendiendo el brazo derecho—. Llévatelas, estoy harta de ellas.
   —¿Estás segura? Si la elegida no las tiene puede que nadie salve el mundo de su destrucción.
   —Sí, estoy segura. Lo que le pase al mundo me da igual, yo sólo quiero recuperar mi vida —confirmó alzando la voz.
   —Así sea. —El mensajero agarró la mano de ella con su mano enguantada en metal y pronunció unas palabras que ella sabía que había oído en alguna parte. Las estrellas brillaron hasta desaparecer de su muñeca y aparecer en la frente de él—. Llevaba siglos deseando recuperaros.
   —Espera… —En ese momento lo entendió—. Tú eres Valefor, el gran demonio —dijo asustada.
   —El mismo, pero tranquila, cuidaré bien de ellas. —Rompió en una carcajada que no hizo más que alimentar la sensación de culpa de ella.
   —No, espera… —Consiguió articular antes de que él se desvaneciera delante de sus ojos.
   Había entregado la única esperanza del mundo a su destructor. Clarissa lloró de desesperación. No podía regresar con la sacerdotisa, no, tenía que encontrar la forma de enmendar su error. Siempre había pensado que jamás lo diría:
   —No me puedo quedar aquí llorando. Tengo que honrar la memoria de mi padre —dijo, decidida en voz alta tratando de insuflarse valor para el camino que tenía que recorrer.
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Cuervo Fúnebre: Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

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