12 de febrero de 2016

Relato serial: Aprendiendo a volar

   El viento frío removía sus cabellos rubios y los hacía ondear. Estaba descalza y la áspera cornisa de piedra arañaba sus plantas desnudas. Su cuerpo, cubierto por un simple camisón de seda, temblaba, pero no era frío lo que sentía, sino miedo. Tenía dudas. «Un solo paso y todo habrá acabado, Ava, sólo un paso más» se decía a sí misma.
   Desde allí arriba podía oír los gritos de la gente. La multitud se dividía entre los: «Salta», y los: «Que alguien la ayude». No necesitaba ayuda, no al menos la que querían que recibiese. También se oían sirenas de policía y veía las luces de la ambulancia reflejadas en las ventanas espejadas del edificio que tenía enfrente. Había escogido hacerlo de noche porque pensaba que así no llamaría la atención, pero también creía que le sería más fácil, que saltaría sin más. Y quería saltar y acabar con todo… Cerró los ojos y levantó los brazos hasta que todo su cuerpo formó una cruz, como la pesada carga que arrastraba desde hacía años y, por un momento, quizá una centésima de segundo, fue libre y podía volar…

 
   Siempre había envidiado a los que, a diferencia de ella, tenían esa capacidad tan fascinante de crecerse ante la adversidad y levantarse más fuertes que cuando cayeron. Envidiaba su resiliencia. Ella era todo lo contrario. Cuando la vida la golpeaba, Ava caía y se quedaba allí en el suelo,  sin saber cómo levantarse. No veía el sentido a ello porque siempre que alzaba la cabeza se la volvían a pisar. 
   Sentía que no había nada que la anclase a la vida. ¿Familiares? ¿Amigos? Nada. Estaba sola en el mundo, pero no siempre lo estuvo, antes la tenía a ella. Todo encajaba, su universo tenía sentido, todo hasta aquella noche de la que hacía ya un año. A veces despertaba empapada en sudor con su nombre en la boca: «Lily». Cuando soñaba, ella aún vivía, pero al despertar sólo quedaba la suavidad fantasma de su piel en las yemas de sus dedos. Cada vez que abría el armario la veía y la culpa se agarraba a su pecho, aprisionándolo. Sus camisas blancas del trabajo parecían señalarla mientras que los zapatos le gritaban crueles «asesina, deberías haber muerto tú». Cada vez que miraba su reflejo, este parecía devolverle una mirada furibunda. Quizá todo estuviese en su cabeza, ¿acaso importaba? 
   La vida era injusta. Lily era perfecta en todos los sentidos, podía haber tenido a quién quisiera. Ava siempre se preguntó por qué la elegiría a ella. Por qué tuvo que ver en sus antipáticos ojos verdes un reto. Ella podía haberla ignorado como habían hecho todos durante toda su vida; podía haberla dejado en las sombras, pero Lily quiso llevarla a la luz. Cuando Ava llegó a la ciudad y comenzó a trabajar en aquella taberna destartalada, con el único fin de sobrevivir un día más en una vida monótona y sin color, sólo pensaba en eso: tachar un día tras otro del calendario. ¿Socializar con sus compañeros? ¿Con ellos? ¿Aquel gigantón con voz de ogro? ¿Con la rubia de bote que no hacía más que hablar de su vida? ¿Con la irritante pelirroja y su sonrisa estúpida? ¿Con la gente sin nombre a la que no le importaba lo más mínimo su vida más allá de que le sirviera la cerveza como Dios mandaba? Y a pesar de ello, tuvo que hacerlo.
   —Vamos a salir esta noche a tomar algo, ¿te quieres venir? —le dijo con aquella estúpida sonrisa pintada en el rostro.
   —¿No ves que estoy leyendo y me estás molestando? —respondió Ava, sin siquiera mirarla. 
   Ella no se fue, si no que trató de ver el título, pero Ava no le dejó.
   —Molestas —insistió
  Subió la mirada del libro y se encontró unos ojos azules y la sonrisa que tanto detestaba. 
   —Vale, voy. 
   Lily le entregó un papel con un número de teléfono. Ava la miró con extrañeza.
   —¿Y esto? —le preguntó con el papel en la mano.
   —Es un intercambio, el mío por el tuyo, ¿cómo vas a saber sino la hora?
   —No sé, ¿diciéndomela? –Trató de disgustarla, pero no había manera.
   —Se nota que nunca has salido con ellos.

   Siempre recordaba aquella noche con mucho cariño. Acabó harta del ogro y de la rubia, pero descubrió en Lily a alguien cuyo optimismo resultaba contagioso. Hasta que decidió, casi a regañadientes, acudir a aquella salida, no se dio cuenta de que la «condenada optimista» era en realidad alguien más que una mosca molesta a la que espantar. Tenían mucho en común y, aunque tan sólo habían pasado unas horas juntas, había visto en ella algo que nunca antes había visto en nadie: una amiga. El final de la noche no era más que un borrón en sus recuerdos; recordaba que ogro la había llevado a casa y poco más. 
   Sin pretenderlo, su trato hacia Lily había cambiado. La hora del almuerzo la pasaban juntas e incluso a veces salían por las noches. 
   Pero el momento que Ava mejor recordaba era cuando Lily la besó por primera vez. La pilló por sorpresa, aunque se moría de ganas porque ella diera el paso. Habían pasado cuatro años desde aquello, pero aún recordaba que Lily llevaba esa camiseta verde tan fea, que sólo a ella le quedaría bien. Recordaba el olor de su pelo cuando la abrazó segundos antes de aquel beso. Y, por supuesto, aquella aura casi mágica que envolvía la escena —que siempre pensó que estaba sólo en su cabeza, pero no empañaba su recuerdo—. 
   La primera vez con ella fue lo más vergonzoso que recordaba haber hecho. Estaba muy nerviosa. ¿Y cómo no estarlo cuando era la primera persona con la que intimaba? Ava sabía que sólo ella era la inexperta, fue lo primero que Lily le había dicho. Pero no le daba ninguna importancia, incluso lo vio como algo positivo, ella podía guiarla…

   …Y cayó, pero no contra el pavimento. Abrió los ojos y observó lo que tenía a su alrededor. Volvía a estar en la terraza desde la que juraba haber saltado. Lo había hecho, ¿no? Miró hacia abajo y se encontró con un uniforme de policía que pertenecía a la mujer que la observaba con cautela. Ava pudo ver miedo en sus ojos castaños, pero también algo cálido. La mujer debía de tener su edad, o no, tampoco es que fuese muy buena en ello.
   —¿Te encuentras bien? —le preguntó su colchoneta salva-vidas, con el rostro enmarcado por un cabello oscuro ni liso ni rizado.
   —Depende de qué creas que es estar bien. Acabas de impedir que saltara, ¿acaso crees que si estuviera «bien» —recalcó— habría saltado? —respondió, malhumorada.
   —No podía dejar que saltaras, es mi deber.
   —¿En la academia no os enseñan a no meteros en la vida de los demás? Quería saltar y salté.
   —Sí, tras más de una hora —le dijo la mujer.
   —Subirse ahí arriba —señaló a la cornisa— y saltar no es tan fácil como os pensáis los que vivís una vida sin preocupaciones. Hay que ser más valiente de lo que lo soy yo, joder. —Comenzó a llorar—. ¿Quieres saber por qué he saltado? Porque el mundo es una mierda y la vida es injusta. ¿Por qué tengo que seguir viva, no una, sino dos veces? Eh —le gritó— ¿por qué?
   La mujer no supo qué contestarle, cualquiera habría podido leerlo en sus ojos. Se quitó la chaqueta azul y se la puso a Ava por los hombros. Después la abrazó, no se resistió. Estaba temblando, ¿cómo no se había dado cuenta del frío que tenía? Aquella mujer la separó de ella y le tendió un pañuelo para que secase sus lágrimas.
   —La vida es una mierda, sí, pero por eso mismo debemos aprender a construir nuestro fuerte con lo que tenemos, y plantar cara a lo que nos venga, no dejarnos amedrentar.
   Ava no respondió, sólo la contempló con sus ojos verdes, ahora vidriosos por las lágrimas.
   —Dame un día y te mostraré a qué me refiero —le dijo de pronto.
   ¿Estaba loca? Aquella era la típica escena que había visto miles de veces en el cine. Chico conoce a chica de pura casualidad, se enamoran, se casan y él se la pega con otra.
   —Sí.
   «’Sí’. ¿En serio, Ava, eso es todo lo que se te ocurre decirle? ¿Dónde ha quedado todo tu cinismo y tu antipatía?», hizo caso omiso de sus pensamientos. La mujer le sonrió.
   —Me llamo Kiera.
   —Ava.

A la segunda parte -->
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Cuervo Fúnebre: Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

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